50 sombras de Grey E. L. James

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50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 7:08 pm

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50 sombras de Grey (Filthy Shits of Gross) es una horrible novela basada en un horrible fanfiction basado en una horrible novela basada en los horribles sueños húmedos de una horrible fanática religiosa obsesionada con los emovampiros (y no hablamos precisamente de Anne Rice). La trama, para todos nuestros lectores muertos o mayores de 70 años que no sepan de qué se trata, gira en torno a Anastasia Steele, una joven virginal e ingenua que se transforma en la esclava sexual de Christian Grey, un psicópata sádico, posesivo y obsesivo. Lo que podría parecer un típico capítulo de Mentes criminales se ha convertido en uno de los best-sellers "románticos" más exitosos de la historia, debido a que el psicópata es guapo y tiene dinero esta es una novela que por fin se atreve a tratar sin tapujos el tema del sadomasoquismo. Y eso que apenas han pasado 2 siglos desde la muerte del Marqués de Sade.
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PROLOGO

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¡Hola, amigas (y amigos que se han visto obligados a leer mis libros)! Me llamo E. L. James, también conocida como Snowqueens Icedragon y Ebony Dark'ness Dementia Raven Way. Uno de los beneficios de ser una ama de casa frustrada sexualmente es que me da mucho tiempo para fantasear con hombres que no se acostarían conmigo ni aunque les pagara, así como de navegar en internet por horas y horas. En una de esas largas noches sin sexo, descubrí un sitio donde adolescentes hiperhormonadas y viejas insatisfechas como yo saciaban sus tristes fantasías de ser penetradas por personajes literarios.
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La verdad es que hacía ya tiempo que yo misma me había encontrado fantaseado con un libro que encontré debajo de la cama de uno de mis hijos: Crepúsculo. ¡Nunca había leído literatura de tanta calidad! Se los digo, Stephenie Meyer es la Jane Austen.... ¡no! ¡es la Shakespeare (¿lo he escrito bien?) de nuestra generación! Los libros de Coelho y Deepak Chopra nunca me excitaron tanto como esta hermosa historia de amor. Y el culpable era uno solo: Edward Cullen... ¡mierda jodida! ¡de sólo leer su nombre sentía que mis ovarios implosionaban! Ay, sólo Dios sabe cuántas veces me encerré en el baño para leer la saga completa sosteniendo el libro con una sola mano... (la otra mano la usaba para comer helado).

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Sin pensarlo, decidí escribir una de mis fantasías recurrentes, esas que las jovencitas llamaban fanfictions, y la publiqué en el sitio. Llevaba por título Master of the Universe, en homenaje a esa serie animada homoerótico-sadomasoquista que mi esposo veía en los '80.
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Los protagonistas de la misma eran mi amado Edward Cullen, que dejó de lado su siglo de celibato para volverse un vampiro sádico sexual, y Bella Swan, ahora convertida en ama de casa cuarentona con sobrepeso (después tuve que cambiar eso por presiones editoriales).
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El relato fue un gran éxito (y eso que no incluí escenas yaoi entre Edward y Jacob), así que me dije a mí misma, en voz alta como una loca: "E. L., ¿y por qué no ganar dinero con esto de los fanfictions, como lo hizo el mocoso que escribió Eragon?"

Pero cuando los abogados de Stephenie Meyer amenazaron con demandarme por plagio vi que las 1.500 páginas que había escrito bastaban para defenderse por sí mismas como una trilogía, tuve que darle a "Buscar" y "Reemplazar con..." en Word para modificar los nombres de los personajes.... ufff... ¡me tomó casi 5 minutos completos! Fue una verdadera tortura. Ahora Bella y Edward se llamarían "Anastasia Steele" (era el nombre que iba a usar cuando pensé en hacerme actriz porno, jiji) y "Christian Grey", respectivamente.

Llevé los tres libros a Vintage Books (una editorial que quedaba justo detrás de un cine para adultos) y a los pocos meses, a pesar de la cara de asco que puso el editor cuando leyó mis manuscritos por primera vez, se vendieron como pan caliente. ¡Bingo! Ahora soy millonaria.

Después de recibir un buen incentivo  les traigo, en exclusiva, el primer bosquejo de lo que más tarde se convertiría en el mayor fenómeno literario del siglo (ay, siempre quise decir eso): 50 sombras de Grey.

Capítulo 1

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Intento someter mi cabello con el cepillo y veo, ceñifruncida, cómo la chica pálida y ojiazul del espejo pone los ojos en blanco y se muerde el labio. Odio mi maldito cabello. Odio mi maldita cara. Odio que mi maldita compañera de cuarto, Kate Kavanagh, se cogiera una maldita gripe justo el día en que debía entrevistar al enigmático gerente general de Grey's Multinational Corporate Enterprises Holdings, Inc., Co., para el maldito periódico escolar de la maldita Universidad de Washington. Odio las malditas actividades extracurriculares.

Kate está en el sofá, acurrucada, con una copia de Luna nueva en la mano.

—Lo siento, Ana (N. de la R: "Ana" es diminutivo de "Anastasia". No crean que hay otro personaje llamado Ana). ¿Cómo iba a saber que dormir desnuda frente al aire acondicionado sería una mala idea? Tenía mucho calor.
—Anoche estaba lloviendo.
—No me culpes, acababa de ver Crepúsculo por sexagésimaoctava vez. Ya sabes cómo me pone Edward de calentona —dice, riendo maliciosamente.
—No, no lo sé. Soy virgen, ¿recuerdas? —digo, poniendo los ojos en blanco.
—¿Y? ¿Acaso nunca has sentido deseo sexual por un hombre? —pregunta, sonriendo maliciosamente.
—¿Deseo sexual? ¿Qué es eso? —digo, mordiendo mi labio.
—Me estás jodiendo, ¿no?

¿Cómo será Christian Grey? Cada vez que hago una búsqueda de imágenes en Google encuentro fotos desenfocadas o cubiertas por una espesa bruma. Es curioso que yo sea la única chica que jamás ha podido ver la cara del segundo hombre más fotografiado en la Tierra, después de Tio1.jpg. Me avergüenza lo poco que sé de mi futuro entrevistado, ignoro si tiene 30 o 90, aunque si tiene dinero eso da lo mismo. Vuelvo a la realidad justo a tiempo para escuchar a Kate mientras intenta darme un curso express de periodismo:

—Es simple: tú preguntas, él te responde.
—Ajá —asiento, poniendo los ojos en blanco.
—Esta es una grabadora. Sirve para grabar. Este es el botón para grabar. Lo presionas y ya, no tienes que hacer nada más. Cuando termine la entrevista, lo presionas de nuevo para dejar de grabar.
—Ya —respondo, mordiendo mi labio, abrumada por tanta información nueva a la vez.
—Y, por favor, no te muerdas el labio ni pongas los ojos en blanco.
—¡Te he dicho que no lo haré, por el amor de Dios! —digo, mientras pongo los ojos en blanco y me muerdo el labio por la frustración.

Capítulo 2


Kate es lo suficientemente amable como para prestarme su viejo Lamborghini Diablo 2017 y así no tener que castigar a Wanda, mi querido Volkswagen verde del '34, que tiene la mala costumbre de sobrecalentarse si voy a más de 20 kilómetros por hora. Casi me hace sentir culpable por haber escupido en su sopa de pollo. Salgo de Portland y llego a Seattle en un plis-plás (Nota: averiguar si la gente aún dice eso). Me estaciono sin problemas justo frente a la inmensa e intimidante torre fálica de 500 pisos que alberga las oficinas de Grey's Multinational Corporate Enterprises Holdings, Inc., Co. Lo sé gracias al letrero que dice "GREY", en enormes letras grises. Vaya ingenio.

Estoy adentro. Pulso el botón del último piso. Salgo del elevador y caigo torpemente al suelo. Mi pase de visitante se sale volando desprendido de mi blusa y le corta la yugular a un ejecutivo que pasa por ahí. La secretaria, rubia y perfecta, me ve con la misma cara de vergüenza ajena que pondría yo en su lugar. Me pongo de pie y me aproximo a ella, pero cada vez que doy un paso vuelvo a tropezar, y al intentar sostenerme de algo, hago pedazos un antiguo jarrón chino de 3.000 años que, hasta mi llegada, adorna aquel níveo vestíbulo gris de cristal y acero. ¡Mierda, qué estúpida soy!

Finalmente alcanzo mi objetivo.

—Hola, soy... soy del periódico de la Universidad de Washington. Por el asunto de la entrevista. Vengo en reemplazo de Katherine Kavanagh —digo, mordiendo mi labio.
—¿Nombre?
—Anastasia Steele.
—Su verdadero nombre.
—Anastasia Steele.
—¡Seguridad!
—¡Espere, por favor! —le suplico mientras saco mi identificación de la cartera.

Al comprobar mi identidad, dice:

—Vaya, no tiene pinta de actriz porno.

Me siento a esperar, mordiendo mi labio. Pongo los ojos en blanco para mis adentros, intentando relajarme. Cálmate, Steele. Tras 30 segundos de larga espera, mis nervios pueden más, así que me levanto para buscar algo de hagua del dispensador.

Justo al lado del dispensador se encuentra la sala de reuniones. La puerta está convenientemente abierta. Se puede ver un montón de viejos para nada sexys sentados en hilera en una mesa enorme. Quien preside la junta es nada más y nada menos que Christian Grey. A pesar de ser de día, una sombra cubre sus facciones, así que no puedo ver su rostro. Todos hablan apresuradamente, uno después de otro, en una jerga que no comprendo. Todos, excepto Grey. Muerdo mi labio, pongo los ojos en blanco, e intento oír disimuladamente qué asunto es más importante que yo:

—Bla bla bla negocios bla bla bla activos bla bla bla.
—Bla bla inversiones bla bla bla.
—Bla bla bla fusión bla bla.
—Bla bla bla riesgos bla bla ¿Qué opina, Sr. Grey?

Después de 10 minutos de silencio expectante, Grey dice, con voz imponente, misteriosa y extremadamente varonil:

—Sí.

La sala estalla en aplausos.

—¡Brillante, Sr. Grey! ¡Le ha generado a la empresa una ganancia total de 550.000.000.000.000 billones de dólares y de paso ha resuelto el problema del hambre en África!
—¡Es usted un genio de las finanzas, Sr. Grey!
—¡Sí, sin duda alguna, Sr. Grey!
—¡Cómo quisiera ser usted, Sr. Grey!

Grey no responde. Cuando se incorpora, la sombra sigue ocultando su rostro.

Me vuelvo a sentar rápidamente para que no me vea, pero cuando mis glúteos se reacostumbran a la comodidad de la silla, aparece nuevamente la secretaria.

—El Sr. Grey la recibirá ahora.


Última edición por gocuzero el Jue Jul 30, 2015 1:52 pm, editado 4 veces
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 7:30 pm

Capítulo 3
Mr Grey will see you soon

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"Y sólo por mirar por esta ventana me pagan el triple de lo que ganarás en toda tu vida."


Me pongo de pie, mordiendo mi labio, intentando suprimir mis nervios. Recojo mi cartera, abandono el vaso de agua y avanzo torpemente hacia la puerta de la oficina privada de Christian Grey. Está semiabierta, como si me esperase.
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Empujo suavemente la puerta y... otra vez me tropiezo, cayendo de cabeza dentro de la oficina. ¡Mierda, pero qué jodidamente torpe soy! ¡Casi parezco un personaje creado por una pésima escritora que es incapaz de no caer en clichés de comedia romántica!

—¿Se encuentra bien, señorita Kavanagh?

Es la intimidante y a la vez irresistible voz de Christian Grey, quien extiende su enorme y firme mano de dedos alargados y uñas perfectamente cuidadas para ayudarme a levantarme otra vez.

La habitación está inexplicablemente cubierta por una espesa niebla así que apenas distingo su cara, pero se ve muy joven. Y guapo. Sus ojos grises me desnudan completamente... en sentido figurado, claro. Está bien que ya estemos por el capítulo 3, pero todavía falta para el primer polvo.

Christian Grey viste impecablemente un elegante traje gris que combina a la perfección con las paredes de su inmensa oficina, también grises, y que me avergüenza aún más por lo mal vestida que voy. Parezco la abuela de Heidi, mientras que él se ve como el fruto de una orgía entre Ryan Gosling, Brad Pitt y George Clooney. Y Robert Pattinson, obvio. Y Christian Cooke. Y Garett Hedlund. Y Charlie Hunnam... Ah, y Matt Bomer (el guapetón de White Collar) si no fuera gay. Sus músculos perfectamente definidos amenazan con desgarrar su traje con cada movimiento por milimétrico que sea. Aunque no abre la boca, sé que sus dientes son casi tan blancos como su fina camisa de lino. Pero lo que más me sorprende es lo joven que aparenta ser. ¿Treinta años? Seguramente su padre tiene treinta años.
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Muerdo mi labio a la vez que me incorporo, ayudada por el un poco menos misterioso Sr. Grey. Siento una corriente eléctrica cuando nuestros dedos se tocan, así que aparto rápidamente la mano, avergonzada. Sería la estática del lugar.

—Umm... de hecho... yo... la señorita Kavanagh... está... indispuesta y... m-me envió.... espero q-que no le mo-moleste... Sr. Grey —digo, mordiendo mi labio.
—Por favor, llámeme "Amo y Señor". ¿Y usted es...? —dice, sin mover la boca.
—Anal... quiero decir... Anastasia Steele.
—Señorita, no tengo tiempo o sentido del humor para bromas. Dígame su verdadero nombre o tendré que ponerme... duro. —Después de mostrarle mi identificación, prosigue: Ya veo. Lo siento, señorita Steele, me temo que no he visto ninguna película suya, ya que ordené bloquear el acceso a páginas XXX en todas las computadoras del edificio, incluyendo la mía.
—No, yo... —digo, poniendo los ojos en blanco, pero me interrumpe cuando empiezo a babear incontrolablemente:
—¿Empezamos?
—Este... lo lamento. No estoy acostumbrada a entrevistar multimillonarios. O a hablar con hombres. O a hablar... —digo, mordiendo mi labio.
—Tómese todo el tiempo que necesite, señorita Steele. Después de todo, soy sólo uno de los hombres más ricos y poderosos del mundo. No es como si tuviera que trabajar o algo así.
—Está bien, discúlpeme... Antes de empezar, quería saber si Kate... umm... la señorita Kavanagh, le explicó el rocambolesco motivo de esta entrevista.
—Sí. Es para que aparezca publicado en el periódico de su Universidad, puesto que este año yo seré el que entregue los diplomas a los graduados. Ya que apenas soy el hombre más importante del estado y mi tiempo está a disposición de cualquiera.
—Lo siento... umm... primera pregunta...
—¿No va a tomar notas o grabar la entrevista?

¿En serio las mujeres somos tan estúpidas?

Mis dedos buscan torpemente la grabadora dentro de mi cartera. Entonces recuerdo que la he dejado en el auto. ¡Mierda!

—N-no hay problema... tengo... ehh... memoria fotográfica —digo, deseando que la oficina no tenga una cámara oculta.
—De acuerdo... —dice, intentando reprimir el fantasma de una sonrisa. O alguna respuesta emocional. O mover algún músculo facial.
—La primera pregunta es... ¿Qué... qué se siente tener tanto dinero?
—Se siente bien. En fin, eso sería todo, señorita Steele. Soy un hombre ocupado y me gusta cuidar mi privacidad. Que tenga un buen día.
—Umm... gracias por la...
—El placer ha sido todo mío —dice, mientras cierra su puerta en mi cara.

Capítulo 4


Me siento peor que una estúpida, cosa que mi cerebro no cesa de repetir camino al elevador. Otra putisecretaria de Grey, rubia y perfecta por supuesto, se despide de mí con una sonrisa que no le correspondo. Pongo los ojos en blanco y me entrego a esperar eternamente mi medio de escape... Hablo del elevador, no es que tenga una cápsula de escape o algo por el estilo. ¿Cómo he podido arruinar así una entrevista que a esa perra de Kate le costó 9 meses conseguir, incluso después de haberse tirado a todos los relacionadores públicos de Grey? Nunca me lo perdonaría.

Estúpida, estúpida, estúpida, estú...

—¿Tiene un abrigo, señorita Steele?

Doy un respingo.

—¡Mierda! Digo... ¡Sr. Grey! ¡Por Dios, no lo oí venirse... digo, venir! —se podría freír un huevo en mis mejillas ruborizadas.— ¿S-se asegura de que llegue a la puerta? ¡Qué considerado de su parte!
—No. Debo tomar el ascensor para despedir algunos empleados.
—Vaya... Umm... ¿Y no tiene otros intereses fuera del trabajo?
—Tengo intereses variados, señorita Steele. Muy variados... —dice, sonriendo maliciosamente sin mover los labios.
—¿Para qué son el látigo, el antifaz y las esposas? —pregunto, reparando recién en los extraños accesorios que lleva puestos.
—El jefe debe imponer respeto. Hablando de aquello, mis falsos padres me enseñaron que el respeto y la educación van de la mano, y no he sido muy cortés al despedirme de usted. Anastasia Steele. Sólo recuerdo su nombre porque su gafete de visitante terminó en la tráquea de Evans.
—¡Oh, por Dios!
—Tranquila, pensaba despedirlo hoy de todas maneras. Siempre quise escuchar llorar a su ahora viuda. En fin. Cuando usted estaba en mi oficina buscando su grabadora, noté que llevaba en la cartera una copia de La huésped. ¿Le gusta leer, señorita Steele?
—Mucho. De hecho, estudio literatura inglesa en la Universidad de Washington. —Y pregunto sin pensar: ¿Cuál es su libro favorito, Sr. Grey?

—Son tres: Historia de O,
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Justine y los infortunios de la virtud del marques de sade.
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Tess de los d'Urberville. Los conoce, supongo.
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—Lo siento, sólo he leído a Stephenie Meyer, Emily Brontë y Thomas Hardy.
—Tess de los d'Urberville es de Hardy.
—...

Gracias a Dios en ese momento se abre el elevador.

—Hasta que nos encontremos de nuevo, señorita Steele —dice en tono de amenaza.

Yo no respondo. Ni siquiera articulo una sonrisa. Mientras muerdo mi labio, no puedo quitar mi vista de sus ojos grises y de sus pectorales que de alguna manera parece que se quieren salir de su camisa.

—Anastasia.
—Christian.

¿Christian? ¿¡En serio le he llamado "Christian"!? ¿¡Pero qué co-
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Capítulo 5


Llego a la planta baja, salgo corriendo del elevador con el corazón acelerado, como si me hubiera robado las joyas de la Corona, y vuelvo a tropezar. Me voy de bruces contra el suelo de arenisca pero me reincorporo antes de que el guardia de seguridad empiece a perseguirme. Me enfrento a la lluvia, intentando respirar calmadamente mientras escupo un par de dientes. Nunca en mi vida un hombre me había afectado tanto como Christian Grey. ¿Por qué? ¿Era su riqueza? ¿Poder? ¿Su rostro apolíneo? ¿Su musculatura? ¿Su riqueza? ¿Lo bien que se vería en ropa interior? ¿Su riqueza? Mierda. ¿Qué ha sido eso? ¿Así es como se sienten los hombres al quedarse pegados contemplando un par de tetas?

Dejo atrás Seattle y su lluvia, pensando en qué excusa le daré a Kate por haber jodido su trabajo. Me lleno de vergüenza mientras reproduzco mentalmente la "entrevista", sorprendiéndome con la cantidad de burradas que suelto en tan poco tiempo. Hacer el ridículo es decir poco. ¿Por qué mierda no investigué antes? No me costaba nada buscar algo de información sobre Grey en Wikipedia. Saco mi smartphone y hago precisamente eso:

Christian Grey

Christian Trevelyan Grey1 (*Detroit, Michigan, Estados Unidos; 18 de junio de 1983)2 es un empresario estadounidense, gerente general de la compañía multinacional [[Grehola ghsdjggafhghhjghghfghghgffdfdfgddfd 8=======D

es un putoooooooooooooo

Por otra parte, creo que ha sido mejor así.

Al menos no le pregunté si era gay. Ni siquiera yo soy tan estúpida. ¡Maldita Katherine Kavanagh!

Intento distraerme. Enciendo la radio del Lamborghini y me encuentro con una vieja canción de Beyoncé que ha sido reciclada (ahora es más lenta y sensual) para salir en la banda sonora de una película seudoerótica protagonizada por Jamie Dornan y la hija de Melanie Griffith. Una película muy anticipada, pero terriblemente machista y fantasiosa. Me asquea tanto que cambio de estación y llego hasta una de indie rock pop genérico. Me doy cuenta que, estando en la carretera, puedo ir tan rápido como se me de la gana. Piso el acelerador hasta estrellarme contra el frontis del apartamento que comparto con Kate, pero nadie se sorprende. A fin de cuentas, soy una mujer conductora.

—¡Ana, has vuelto! ¡Cuéntamelo todo!
—Estuvo... bien, supongo —digo, poniendo los ojos en blanco.
—¿Te ocurre algo?
—¿Por qué no me dijiste que él era tan... joven... intenso... misterioso... y guapo? ¡Caray! Hablaba como un viejo pero parecía de veintitantos.
—27. Tiene 27 años, es famoso y vive en Seattle. Es un milagro que no se haya chutado una sobredosis o pegado un escopetazo a estas alturas.
—¿Por qué no me diste al menos una reseña biográfica para prepararme? Fui prácticamente desnuda a la entrevista —le increpo, mordiendo mi labio.
—¿Desnuda? No con ese traje de vendedora de biblias que llevas puesto, hermana.
—Pasé la vergüenza de mi vida y todo es tu culpa.
—Está bien, Ana. Lo lamento. Debo empezar a transcribir la entrevista. ¿Dónde está la grabadora?
—En el auto. Puedes metértela por el culo, apuesto que ya ha estado allí antes.
—¡Lo del micrófono fue sólo una vez!
—¿Has tomado tu sopa? —pregunto, para cambiar de tema.
—Sí, y no sé qué le pusiste pero estaba más deliciosa que de costumbre. Me siento mucho mejor.

Miro mi reloj. ¡Mierda, debo ir a trabajar!

Capítulo 6


Debo ser la única chica universitaria norteamericana que no trabaja en un club de strippers. Soy empleada de la pequeña ferretería Clayton's desde hace cuatro años, aunque irónicamente no puedo martillar un clavo sin sacarle un ojo a alguien. En mi casa todo lo arreglaba mi papi/esposo número cuatro de mamá, Bob, mientras yo me hacía bolita junto a la hoguera, leyendo la saga Crepúsculo. No me apasiona el empleo, pero me alegra poder concentrarme en algo que no sea Christian Grey.

—Llegas tarde —me dice la señora Clayton.
—Lo sé. Lo siento, estaba en Seattle entrevistando a Christian Grey.
—Ajá, sí, de acuerdo. Yo también abrí tarde porque estaba chupándosela a Leonardo DiCaprio. Ahora ve a la bodega y cuenta todos los tornillos que tenemos, uno por uno. Y date prisa.

La semana, afortunadamente, transcurre entre mi aburrido trabajo y los exámenes finales de la Universidad. Mientras Kate trabaja en la entrevista realizada a Christian Grey, tratando de descifrar las atropelladas notas sobre Christian Grey que escribí en el Lamborghini camino a casa, yo termino mi tesis: un ensayo sobre las diferencias entre la novela Eclipse y su adaptación cinematográfica. No hablamos más de Christian Grey.

A la séptima noche, mientras hundo la cabeza en la almohada para no pensar en Christian Grey, sueño con ojos grises y corbatas. Muchas corbatas. En eso suena el teléfono. Frunzo el ceño al comprobar que el tono de llamada no es parte de mi sueño. Son las 4 a.m.

—¿Hola?
—¿Ana? Mi instinto maternal de furcia devoradora de hombres me dice que has conocido a alguien. ¿Es guapo? ¿Tiene dinero?
—No, mamá. Déjame dormir.

Mamá vive en Georgia y se ha casado tropecientas veces. Es todo lo que hay que saber sobre ella realmente.

Clayton's. Día sábado, la pesadilla de todo trabajador de ferretería no judío. Mientras frunzo el ceño terminando de pulir una por una las tuercas que tenemos en el mostrador, como me lo ha ordenado la señora Clayton, siento la intensidad de una mirada que me atraviesa la espalda.

—Señorita Steele. Qué sorpresa tan... agradable.

Por favor díganme que lo que chorrea de entre mis piernas es sudor.

—S... s... señ... Gr...
—Sé que debería estar en Seattle trabajando, o esquiando en Aspen, o algo así, pero casualmente pasaba por el área y necesitaba reabastecerme de algunos... artículos.

Insuficiencia cardiaca.

—Y, bueno. En lugar de enviar a uno de mis empleados a comprar en una cadena de ferreterías con mayor variedad de productos o mejor prestigio, decidí entrar personalmente a esta pequeña tienda, justamente en la que que usted trabaja. Vaya coincidencia, ¿no lo cree?

Intento modular algo, lo que sea, pero que mis palabras salgan por mi boca y no por el culo como ahora. ¡Por Dios! Es imposible pensar frente a esa intensa mirada de ojos grises, de asesino en serie que me somete a escrutinio sin parpadear. Mis ideas y mis funciones vitales se desordenan bajo mi piel. Me muerdo el labio. ¡Mierda! ¡No sólo es guapo: es el epítome de belleza masculina imaginado por una cuarentona sexualmente insatisfecha!

—M-mi nom-bre es-es A-Ana... ¿En q-qué puedo se-servirle, Sr. Gr-Grey?
—Tengo una lista de productos que necesito para reabastecer mi stock.

¡Demonios, es tan atractivo!

—¿Tiene cinta adhesiva?

¿Cinta adhesiva? ¿Quién compra cinta adhesiva en una ferretería?

Tomo aire, me muerdo el labio, frunzo el ceño y finjo que sé lo que hago, por primera vez en cuatro años.

—Por aquí, por favor.
—Gracias. Y necesito también organizadores de cables.

¿Organizadores de cables? Esto es sospechoso...

—Y overoles. Llevaré un par de overoles. No me gustaría manchar de rojo alguno de mis costosos trajes.
—¿Está pintando su casa de rojo, Sr. Grey?
—Algo así... Y cuerdas. Necesito cuerdas. Como las que usaría por ejemplo para atar a alguien.
—¿De qué tipo? Tenemos sintética y natural de filamento, trenzada... de cable... pordioshazmetuya...
—Llevaré cuatro metros de pordioshazmetuya, gracias. Y finalmente quisiera unos látigos.
—Lo siento, se nos agotaron.
—Ya veo.
—Estem... Sr. Grey, si no es mucha impertinencia...
—Lo es.
—Lo sé, perdóneme... Es que... ya que el día de la entrevista olvidé tomarle fotos, quisiera saber si podría presentarse a una sesión fotográfica para el periódico. Si no le incomoda...
—¿Qué clase de fotografías quieres, Anastasia?

Una de tu enorme miembro, como las que me envían esos árabes mugrosos que me agregan en Facebook.

—No... no lo sé.
—Toma. Mi tarjeta.
—Este es un Joker.
—Perdón, mi otra tarjeta. Aquí tienes. Mi número de celular está anotado al reverso. Debes llamar antes de las 10 de la mañana para ponernos de acuerdo con el asunto de las fotos. A las 10:00:01 ya no atiendo ni a mi madre, ¿entendido?

En ese momento, alguien grita mi nombre. Es Paul Clayton, el hijo del encargado de la tienda y uno de los tantos personajes secundarios y planos que están sólo para rellenar, y que poco aportan a la narrativa.

—¡Paul! ¡Dios mío, qué gusto me da hablar con alguien normal y aburrido como tú!
—Hola, soy Paul.

En cuanto devuelvo mi vista al rico, poderoso, asombroso y extremadamente atractivo y controlador Christian Grey, noto que su mirada gris se ha vuelto fría, casi de odio. Si estuviera loca, diría que son celos. Pero nah, apenas me conoce.

—Paul, estoy con un cliente que creo que debes conocer. Sr. Grey, él es Paul. Estudia algo en Princeton, pero eso da igual.
—Hola, soy Paul.
—Hola, Paul. Christian Grey. Mucho gusto —dice, con una expresión cortante más que evidente.
—¿Hola, soy Paul?
—Bien, eso es todo. Ahora debo irme.
—Son 43 dólares —digo, mordiendo mi labio.

Me da un billete de 5 dólares.

—Guarda el cambio —dice, antes de desaparecer en su jet privado.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 7:56 pm

Capítulo 7

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—Kate, por favor, ya hemos hablado miles de veces sobre Christian Grey —digo por teléfono durante mi descanso de 5 minutos del trabajo, mientras frunzo el ceño y pongo los ojos en blanco.
—No lo suficiente. Y me parece que no me has dicho todo lo que piensas sobre el, ejem, "Sr. Grey".
—¿Como qué? —pregunto, mordiendo mi labio.
—Pues creo que por fin un hombre ha sido capaz de cautivarte.
—¿A mí? ¿Cautivarme un tipo millonario, poderoso, misterioso, seguro de sí mismo, joven y atractivo? Por favor, no seas ridícula. Además, seguro que ya tiene miles de novias, a menos que los rumores sean ciertos y realmente sea... gay.
—Tú misma me has contado cómo te mira con esos ojitos grises de perro siberiano. Me parece que tú también le gustas.
—Sí, claro —repongo escépticamente, poniendo los ojos en blanco.
—Quién sabe. Quizás termines siendo su novia... o su esclava sexual.

Ambas nos partimos de la risa por lo estúpidamente absurda de esa idea.

—Pero ya en serio, Ana. ¿No te parece sospechoso que de todas las ferreterías de Portland, él entre a la tuya?
—Él sólo estaba de paso cerrando un trato con la Universidad.
—Sí, pero... ¿por qué entró a la pequeña tiendita del horror en la que trabajas tú, si no era para verte? Estoy segura de que si trabajaras en una sex-shop, él igualmente hubiese pasado a "comprar".
—Estás loca. ¿Aún quieres las fotos de Grey?
—¡Maldición, sí! ¿Puedes comunicarte con él?
—Me dio su número de celular.
—¡Uuuuuuuuuuuuuuyyyyyyyyyyyyyy!

Cuelgo.


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Para abaratar costos, decidimos usar como fotógrafo a mi buen amigo étnico José Luis Manuel Miguel Rafael Rodríguez Hernández Fernández Zapatero Díaz de Vivar, Jr., un apasionado de la fotografía. José, por una de esas coincidencias rebuscadas de la vida, sirvió en la misma unidad del ejército que Ray, uno de mis 800 padrastros, lo cual nos hace automáticamente los mejores amigos. Sé que él me ve como algo más que una amiga, pero para mí es como el hermano que nunca tuve. Jamás podría pasar nada entre nosotros. Es que es tan... moreno. Y pobre. Ugh.

Tenemos todo listo para la sesión de fotos. Todo menos Christian Grey. Tras mucha insistencia de Kate, me armo de valor y decido contactarlo. Antes de presionar el botón de llamar, escucho una voz contenida y fría del otro lado de la línea:

—Grey.
—Eh... Sr... Anastasia...
—Señorita Steele. Qué bueno saber de usted.

Siento que un par de gotas de leche caen de mis pezones.

—Eh... ¿Sesión... fotos... mañana... dónde?

Casi puedo escuchar su sonrisa a través del teléfono. No me pregunten cómo, sólo pienso eso y ya.

—Me quedo en el Heathman de Portland. Digamos... ¿a las 9 y media de la mañana?
—Eh... s-sí... bueno...
—Estaré esperando, señorita Steele.

Mi útero parece una caldera al rojo. Kate me observa anonadada del otro lado de la habitación.

—¡Anastasia Rose Steele! ¡Te gusta! ¡Nunca había visto a nadie mayor de edad comportarse tan... tan... estúpidamente al teléfono! ¡Y estás más ruborizada que la portada del Manifiesto comunista!
—Kate, no seas ridícula. Ya sabes que siempre me ruborizo. Tengo alergia a los teléfonos. Debe ser el silicio o algo...

¿¡Esa es mi mejor excusa!? Madre mía...

Me muerdo el labio.

No puedo dormir bien en toda la noche por estar soñando con ojos grises y overoles y cosas así. Dios, hasta mis sueños son estúpidos. A la mañana siguiente, Kate y José (mi miembro de una minoría favorito) tienen todo listo para la sesión de fotos en la pijísima suite del hotel Heathman. En eso, aparece él.

¡Oh, mierda! Parece una portada de GQ andante, vestido como siempre de riguroso gris y con el cabello rebelde, desordenado y bien peinado aún húmedo por la ducha. ¡Por Dios, es tan jodidamente sexy! Uno de sus guardaespaldas resbala y se rompe el coxis por culpa del río de baba que estoy dejando en el suelo de la suite.

—Señorita Steele, nos encontramos de nuevo.
—Yo...

Aproximándose a Kate, dice:

—La tenaz Katherine Kavanagh. Es un placer —al pronunciar la palabra "placer" vuelve la mirada hacia mí. Me sangra la nariz...

Y al ver a José, le da una moneda:
—Tome, buen hombre, y no se lo gaste en licor. Ahora, si me disculpa, tengo una sesión de fotos. Cuando terminemos, lleve mi equipaje de la habitación 237 a la limusina gris que está aparcada en frente.
—¿Pero qué chingados...?
—N-no, Sr. Grey, él es J-José Rodríguez. Mi amigo, el fotógrafo... —logro decir, y muerdo mi labio.

La inexpresión de Grey cambia mucho al oír esto.

—Su... amigo. Ya veo. Señor Rodríguez —dice, estrechando su mano con inusitada fuerza. Casi siento crujir los dedos de José.

¿Celos? Nah. Insisto, sería algo muy estúpido que sintiera celos por una desconocida.

Christian Grey se para casi desafiante ante la cámara de José y pone esa mirada sensual "blue steel" como la de Zoolander, pero sin sonreír ni mostrar expresividad. Eso me derrite completamente, por... alguna razón.

—Ándele, señor. ¿Qué tal si me regala una sonrisa, eh? —sugiere José.
—>:|
—Pos vale.

Capítulo 8


José anuncia con su acento gracioso el final de la sesión. Parece respirar aliviado. Le estrecha la mano a Grey, pero la mirada de éste se posa en mí. Y se aproxima, abriéndose paso entre sus aduladores y los asistentes de José. Se acerca rápida e implacablemente como una avalancha de testosterona de la que no puedo (o no quiero) escapar.

—¿Puede caminar conmigo, señorita Steele?
—Claro, p-pero después debo llevar a mis amigos a la Univ...
—¡TAYLOR! —grita, haciéndome saltar.
—¿Sí, Sr. Grey? —responde uno de los miembros del séquito. Tiene el aspecto de uno de esos matones de la mafia que les quiebran las piernas a los soplones. Quizás lo fuera.
—Lleva a la señorita Kavanagh y a Pancho Quesadilla...
—José —le corrijo, frunciendo el ceño y mordiendo mi labio.
—Lleva a la señorita Kavanagh y al fotógrafo de vuelta a la Universidad, por favor.
—En seguida, Sr. Grey.
—Taylor es uno de mis sirvientes de confianza y mi chofer privado. A veces hasta le pago. Tus amigos están en buenas manos.

¿Qué es esto? ¿Qué quiere de mí?

Mierda... ¿Qué hice mal?

—Me preguntaba si me acompañarías a tomar una taza de café.

Creo que mi corazón tiene una erección y termina de un salto en mi garganta, ahogándome. ¿Christian Grey me está pidiendo una cita? ¿A mí, una Mary Sue con la personalidad de una servilleta? Me tardo unos segundos en asimilarlo y balbuceo una respuesta:

—¿N-no será mucha molestia?
—De ninguna manera —dice, mostrando una deslumbrante, descontrolada, natural y gloriosa sonrisa mostrando los dientes. Y le creo.
28837411_aphex_twin.jpg

¡Oh, Dios mío!

—P-pues entonces... pase usted.
—Después de usted, señorita Steele.

Voy a tomar un café con Christian Grey. Y odio el café.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 8:11 pm

Capítulo 9

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Salimos juntos del hotel. Lo extraño es que no hay curiosos ni paparazzis ni nada de eso. Nadie parece reconocer al hombre más rico y poderoso que ha pisado esta ciudad. Frunzo el ceño.

Caminamos varias cuadras y me toma la mano. Nadie me había tomado la mano antes, ni siquiera mis padres. Trato de parecer relajada y natural, pero me veo como una niña en su primer día de clases. Me siento mareada. Me muerdo el labio para reprimir una mueca ridícula de felicidad.

Llegamos a la cafetería. Él me suelta la mano para abrir la puerta, porque de lo contrario yo no hubiese sido capaz. Nunca sé cuando hay que tirar y cuándo empujar. Nos sentamos y realmente ninguno de los presentes parece darse cuenta de que mi acompañante es Christian Grey. ¿Serán hipsters o ciegos?

—¿Qué deseas tomar?

A ti.

—Umm... Un té negro. Por favor.
—¿No café?
—No. No café —le confirmo, frunciendo el ceño.
—Vas a tomar café.
—No, a mí...
—Señorita. Dos cafés, por favor —le dice a la mesera.

Y me observa con esos ojos grises, como un depredador que estudia a su presa. Yo agacho la mirada mordiendo mi labio. Realmente no sé qué decir.

Al rato llega la mesera sirviéndome aquella porquería que no pedí.

—¿Azúcar?
—No, gracias.
—Toma tu azúcar. ¿Uno o dos cubitos? —pregunta, mientras me echa tres.
—Pero...
—¿Algo para comer?
—No... por favor, yo...
—Toma, come —dice, ofreciéndome un pastelillo que ha tomado del mostrador.
—¡Dios! No sabes aceptar un "no" por respuesta.
—Estoy acostumbrado a hacer las cosas a mi manera. Por eso soy lo que soy. Aparte de porque soy blanco.

Me siento humillada y pisoteada por Christian Grey. Y me encanta. Esos hombros anchos, mmmmm...

—¿Es tu novio? —pregunta de repente, dándole un sorbo a su café kopi luwak.

¿Qué?

—¿Quién?
—El fotógrafo, Antonio Banderas...
—¿José?
—José. ¿Es tu novio?
—¡No! xD José es sólo mi mejor amigo. Es casi como mi hermano.

Grey asiente satisfecho y creo leer la palabra "friendzone" en sus labios gruesos y besables.

—¿Y el sujeto de la ferretería? ¿Es tu novio?
—¿Paul? No, también es un amigo. ¿Por qué me preguntas eso?
—Y esa tal "Mamá" con la que hablaste el martes pasado, ¿es tu novia?
—¡No, ella es mi...! ¿Cómo sabes que hablé con mi madre el martes pasado?
—Pareces nerviosa.
—Creo que eres... intimidante.
—Deberías encontrarme intimidante, señorita Steele. ¡Ahora come!

Salimos de la cafetería. Llevo en la mano una manzana roja que pienso comer más tarde. Pero la que está verdaderamente roja soy yo.

—¿Tienes novia?

¡Maldita sea! ¡Lo dije sin pensar! Olvidaba que él es el único que tiene derecho a interrogarme sobre mi (inexistente) vida amorosa. ¡Soy una estúpida incurable!

Él sonríe sin sonreír.

—No, Ana. No tengo novia.

¡Oh, mierda! ¡Entonces significa que sí es gay! Estoy tan absorta en mis pensamientos que vuelvo a tropezar, uuuna vez más...

—¡Mierda, Ana!

Me sostiene con sus gruesos brazos justo cuando pasa frente a mí la furgoneta de Tyler Crowley una niña en scooter. ¡Dios, si no fuera por la divina intervención de Grey, por poco muero atropellada! Todo pasa tan rápido que en un segundo estoy en su pecho, jadeando, respirando el aroma de su cuerpo, que huele a ropa de lino recién lavado y a algún carísimo gel de baño. Inhalo. Pongo los ojos en blanco. ¡Dios, es embriagador! La manzana que tenía en la mano cae entre las de Christian, igualito que la portada de Crepúsculo. De hecho, todo esto es igual que Crepúsculo. ¿Qué tal si...

—¿Estás bien? —susurra, y creo que tengo un orgasmo ahí mismo, a juzgar por la cara de la señora de la cafetería que pide de comer la misma manzana que yo llevaba en la mano.

Capítulo 10

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¡Besáme, boludo! ¿Acaso él jamás ha visto una comedia romántica en su vida? Trato de decírselo yo misma, pero me quedo paralizada, mirando fijamente la exquisitamente esculpida boca de Christian Grey. Él me devuelve la mirada con sus ojos oscurecidos, como de estrangulador a punto de ahogar el último grito de su víctima. ¡Estoy en tus brazos, conchetumare, bésame!

—Anastasia, debes mantenerte alejada de mí.

¿Qué? Frunzo el ceño.

—¿Es porque dejé tu camisa llena de baba? Lo s-siento, yo...
—No sólo por eso. No soy el hombre adecuado para ti. Mejor búscate un vampiro de 100 años que parezca de 20 o algo así. Ah, y suerte con tus exámenes.

Y me deja caer. Christian Grey desaparece entre la multitud sin llamar la atención, como si no fuera el multimillonario y soltero codiciado que es.

No me lo puedo creer. ¿Por qué me ha dicho eso? ¿Tengo mal aliento?

Abandono la escena todavía en shock, con la adrenalina fluyendo como un río desbordado. Una vez bajo las luces fluorescentes del frío y oscuro estacionamiento del hotel, lloro. Lloro como aquella IP anónima a la que le borran su primer artículo en Inciclopedia. Lloro desconsoladamente, intentando no ahogarme con mis propios mocos. Pero, ¿por qué? Lo de los mocos tiene explicación, pero ¿por qué estoy llorando? Lloro por la pérdida de algo que jamás tuve. Qué ridículo. Sí, hasta yo misma me doy cuenta de lo absurda de mi situación.

Nunca había experimentado esta sensación en mi vida. El rechazo. Es casi peor que cuando aquella zorra del cine olvidó que debía darme una Coca-Cola mediana en lugar de una pequeña cuando fui con Kate a ver Recuérdame (esa en la que Robert Pattinson muere en las Torres Gemelas) por séptima vez. Y es que nunca nadie, jamás, había despertado tanto mi interés como el maldito Christian fucking Grey.

Llego a casa. Kate casi muere del espanto al encontrarse de repente con mis ojos rojos, hinchados, y con mi peor cara de culo posible.

—¡Oh, por Dios! Ana, ¿has estado fumando drogas?

Ay, no. Lo que me faltaba...

—No.
—Ana, ¿te pasa algo? Estuviste llorando.

¿Cómo lo supo?

—¿Qué te hizo ese cabrón hijo de puta? ¡Te juro que lo mataré y escribiré un testamento falso para que quedes como su única heredera!
—No, Kate. No me hizo nada.
—¿Entonces por qué has estado llorando? Eso es algo que sólo hacemos los humanos. Tú nunca lloras —dice, como quien se da cuenta de algo por primera vez.
—Es que... estuve a punto de morir atropellada hoy —digo para tranquilizarla.
—¡Por Dios, pero cómo no me di cuenta! Si basta con ver nada más cómo quedó tu cara. Pobrecita, espero que no quedes desfigurada de por vida... ¡Ay, lo siento! ¡No debí decir...!
—No se trata de eso. No me pasó nada. Christian me salvó...
—¿Lo ves? ¿No te digo que es el hombre perfecto? Tendrías que ser una idiota para dejarlo ir. Es obvio que le gustas, Ana. De lo contrario jamás hubiese salvado tu vida.
—Ya no. Y no lo volveré a ver. Supongo que él está un poco... fuera de mis posibilidades.
—Ana... ¿Estás bromeando? ¿Sólo porque él es asquerosamente rico, poderoso y gloriosamente bien parecido, y tú eres... una chica sin nada en especial? ¡Están hechos el uno para el otro, por el amor de Dios!
—Kate, por favor. Debo ir a estudiar.
—Ya terminé el artículo. ¿Quieres verlo?
—Claro —respondo, mordiendo mi labio. Justo lo que necesitaba: más Christian Grey.

Me muestra su computadora. La página está en blanco.

—Tus notas son una mierda, Ana.
—¿Pero entonces qué pasará con el artículo?
—Tendré que rellenar con las fotos que tomó José. Bah, como si realmente alguien leyera las entrevistas.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 8:23 pm

Capítulo 11



Trato de no pensar en Christian Grey. Trato de no pensar en por qué no me besó. Trato de no pensar en por qué decidió repentinamente que (ya) no me quería. Seguramente es virgen y se está guardando para alguien especial. Alguien que no eres tú, me dice la cabrona de mi Diosa Interior. Sí, tengo una Diosa Interior, pero ya hablaré de ella más adelante. Esa noche, después de llorar hasta conseguir quedarme dormida, sueño con ojos grises y hojas verdes flotando en la leche. Me pregunto si será por el golpe que me dí en la cabeza contra el concreto cuando Christian me soltó.

Bajo mi lápiz. Terminado. Mi examen final está terminado y siento cómo mi súbita sonrisa de gato de Cheshire me parte los labios. Creo que es la primera vez que sonrío en... mi vida. Mierda. Debería dejar de imitar tanto a Kristen Stewart, empezando por la estupidez de morderme el labio cada 5 minutos. Frunzo el ceño y pongo los ojos en blanco. No puedo permitir que otros pensamientos me nublen: he terminado mis exámenes finales y es viernes. Es sólo significa una cosa...

Hoy me toca noche de lectura en casa.

Al llegar a nuestro apartamento, Kate se percata de que hay un paquete en la puerta.

—Ana, hay un paquete en la puerta.

¿Un paquete? Y está dirigido a la señorita Anastasia Steele, o sea, yo. Qué raro, no he comprado ningún poster de Taylor Lautner sin camisa por Amazon últimamente. Debe ser un error. No hay dirección de remitente. ¿Será que volvieron a ponerse de moda los ataques con ántrax?

—Probablemente sea de mis padres.
—¡Ábrelo! —dice Kate, casi chillando.

Me muerdo el labio. Abro el paquete y compruebo que en su interior hay cuatro libros encuadernados de forma artesanal, arrugados y manchados con algo que no logro identificar, pero huele muy mal. Encima de los libros hay una nota en cursiva, escrita con tinta gris:

Cita1El chico guapo ahora contemplaba su bandeja mientras desmigajaba una rosquilla con sus largos y níveos dedos. Movía la boca muy deprisa, sin abrir apenas sus labios perfectos.Cita2

Está tachada. Al reverso de la hoja hay otra frase:

Cita1Lo siento, Bella —murmuró ferozmente—. Exponerte de este modo ha sido estúpido e irresponsable por mi parte. ¡Cuánto lo siento!Cita2

Reconozco las citas: son de Crepúsculo. Estoy aturdida por la ironía de que apenas esta mañana pasé tres horas escribiendo sobre aquella saga de novelas para mi examen final. ¿O es más que una simple casualidad?

Inspecciono los libros más de cerca. Oh, mierda. No me lo puedo creer...

Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse, Amanecer... ¡Son los manuscritos originales que los asqueados editores de Stephenie Meyer tiraron a la basura! ¿Quién los pudo haber...?

—¿Grey? —dice Kate en tono de pregunta retórica.
—O Bill Gates, pero a él no lo conozco así que... sí, es lo más probable.
—¿Qué significa la nota?
—No sé, creo que es una especie de amenaza advertencia.

¿Advertencia de qué? No lo entiendo. ¿No me dijo que yo no era para él? ¿Que no era el hombre adecuado? ¿Entonces por qué me envió estos libros? ¿Es bipolar o sufre de Alzheimer?

—No puedo aceptar estos libros, Kate. Me los quedaré, pero le enviaré una nota para decirle que los tengo repetidos y que no puedo aceptarlos.

Que se los meta por el culo, más bien. ¿Qué cree que soy? ¿Una prepago? ¿Una cualquiera que se vende por una mugrosa taza de café y unos libros virtualmente imposibles de conseguir y que costarían una fortuna en eBay? Pues no, Sr. Grey. Tan sólo con el café usted podía haber hecho lo que quisiera conmigo.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 8:31 pm

Capítulo 12


Alguien golpea la puerta. Observo por el ojo mágico. Justo cuando estoy por llamar a la policía, me doy cuenta que el frijolero que pretende invadir nuestra residencia es José. Trae una botella de tequila en la mano.

—¡Quiúbole, señoritas! ¿Están listas para una noche de mucho bueno fiesta? ¡Ándale, ándale! ¡Arriba, arriba! ¡Yeeeepa!

Decidimos salir los tres a un bar para celebrar. José aún no se gradúa, pero para él todos los fines de semana son 5 de mayo. El bar está lleno de universitarios ruidosos y borrachos. Creo que yo misma ya estoy borracha. El champagne añejo de Kate más el tequila de José están empezando a hacer efecto. No lo sé, jamás me he emborrachado. Ni siquiera había probado el alcohol hasta hoy. Es casi como si nunca hubiera pasado por la universidad.

—¿Y ahora qué, señorita? —me pregunta José, envolviendo mi cintura con su brazo.
—Bueno, ahora Kate y yo nos mudaremos a Seattle por... alguna razón.
—Órale. Pero estarás de vuelta para asistir a la exposición fotográfica de tu carnal José, ¿no? —pregunta, acariciando mi cuello.
—Por supuesto, José. Eres mi amigo, ¿no? Para eso están los amigos. Tú sabes que te quiero mucho, amigo.
—Significa mucho para mí que estés allí, señorita Ana —me susurra, casi lamiendo mi oreja.
—¡Debo ir al baño!

Me libero del agarre de José y avanzo a tropezones entre la multitud de ebrios, tambaleándome. Se siente raro entrar a un baño público sin Kate. Tomo mi celular y reviso el registro. José, Kate, Mamá, Mamá, Mamá, Mamá, Mamá... y hay un número misterioso que no conozc... ah, claro, Grey, por supuesto. Debe estar durmiendo a esta hora. Me río tontamente sin motivo. Marco.

—¿Anastasia?
—La mishma que vishte y calzha, shenior Grish. Já.
—¿Anastasia? ¿Estuviste bebiendo?
—¡Ding ding ding! ¿Gué tedemosh pada él, Johnny? ¡Ahhhhh, ya shé! ¿Gué tal unosh librosh de Shtefnie Meier? Ashí comprobaremosh el mito urbano que dishe que el shenior Grey no esh tan shenior como nosh quiede hasher creer Risa
—¿Dónde estás?
—En... en un.... baaaaar Sonreír
—¿Qué haces bebiendo en un bar un viernes por la noche? ¿En cuál bar?
—En el bar "besha mish nalgash, shenior gontrolador" Burla
—Iré a buscarte.

Clic.

¡Já! Siempre tan dictatorial ese Grey. Y ni siquiera me dijo algo por los libros. Frunzo el ceño. Vaya si estoy borracha. Bueno, supongo que ese era el objetivo de esta noche, ¿no? Emborracharse como si no hubiera mañana. Pues entonces misión cump...

Acabo de llamar a Christian Grey.

Mierda. ¡Mierda reputísima y santísima! ¡Y vendrá a recogerme! Mi corazón late con fuerza. Esperen. No, es imposible que un tipo importante como él viaje desde Seattle hasta Portland sólo para sacarme de un bar. Además ni siquiera sabe en qué bar estoy. Sólo trata de jugar juegos mentales, atormentarme y hacerme sentir asfixiada, por alguna razón. Hmm... tequila.

Vuelvo a la barra para pedir un tequila, mientras bajo una cerveza.

—¿Dónde estabas? —pregunta Kate. Está coqueteando con un tipo que no conozco.
—Eshtaba en la fila del banio. Shaldré a tomad un poco... de aire.
—Debilucha.
—Perra.

Me abro paso entre la multitud, de nuevo. Estoy mareada, tengo náuseas y me siento aún más torpe de lo normal. El aire congela mi cara y seca mi nariz. Lo veo todo doble y borroso. No puedo aguantar las ganas de vomitar.

—¿Señorita Ana, estás bien?

José. Debe haberme seguido.
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—Shí, eshtoy... eshtoy... bien.
—Órale, yo también. ¿Necesitas ayuda?
—Te dije gue esht.... ¿Gué eshtásh hashiendo? —exclamo, haciendo la cobra, cuando José pretende unir sus tercermundistas labios a los míos.
—Señorita Ana, tú sabes que me gustas muy requetemucho. Y, pos, nomás te pido un besititito, ¿vale? Ándale, por favor, no seas gacha.
—No, Joshé, detente...
—Ándale, cariña. No seas malita, wey.
—Hey, Juan Valdez, creo que la señorita ha dicho que no.


Tan sólo con oír la voz firme y masculina de Grey, los testículos de José caen rodando por sus pantalones. El pobre sale corriendo a lo Speedy González hasta perderse de vista.

Mierda. Doble mierda. Está furioso.

—G-Grey —digo, sorprendida, pero un chorro de vómito sale disparado de mi boca.

Todo se pone negro.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 8:41 pm

Capítulo 13

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Está muy silencioso. Es de día. ¿Dónde estoy? Abro bien los ojos y me descubro en una cama amplia, cálida y cómoda, pero ajena, aunque extrañamente familiar. La habitación es enorme y lujosa. Siento que la he visto antes, pero ¿dónde? Mi cerebro palpita mientras hago un esfuerzo por recordar. Creo que estoy en un hotel.

Mierda. Estoy en el Heathman... en una suite. ¡Oh, mierda! Estoy en la suite de Christian Grey.

Descubro con una mezcla de pudor, horror y desconcierto que estoy en ropa interior. Ni rastro de mis jeans o al menos mis calcetines. Mierdísima mierda.

En eso aparece Christian Grey. Está en pantalones grises, sin camisa y con una toalla alrededor del cuello. Ha estado haciendo ejercicio. Pasa su mano a través de su cabello rebelde y húmedo por el sudor.

Sudor de Christian Grey.

—Buenos días, Anastasia. ¿Cómo te sientes?

Sin esperar mi respuesta, hace aparecer de la nada un vaso enorme de agua helada.

—Bebe —me ordena.

Tomo un sorbo. Siento cómo mi lengua seca se despega del paladar.

—¡Bébelo todo!

Obedezco.

—¿Cómo... cómo llegué aquí?

Se sienta en la cama lo suficientemente cerca como para poder verlo. Y tocarlo. Y olerlo. Oh... el sudor de sus axilas es embriagador. Mucho mejor que un trago de champagne añejo mezclado con tequila y cerveza.

—Llegaste inconsciente. Después de que te desmayaste, no me quise arriesgar a que ensuciaras con vómito la tapicería de cuero de unicornio de mi Corvette llevándote todo el camino a tu apartamento, así que mejor te traje aquí.
—¿Y me... desvestiste?
—Sí.
—¿Y... nosotros... no...?
—Nunca me gustó mucho la necrofilia, Anastasia. Además, si hubieras sido mía, ahora no te podrías sentar en una semana...
—Ahh. No entiendo.

Se dibuja una ligera mueca de frustración en su cara.

—Tuviste suerte. Imagínate qué hubiera pasado contigo si te hubieras quedado en aquel bar, divirtiéndote con tus amigos, en vez de ser abducida por un desconocido que rastreó tu celular para poder ubicarte.
—Espera. ¿Rastreaste mi celular?
—Sí.
—No tenías que hacerlo —digo, y ni yo me lo creo.
—De no haberlo hecho, ahora estarías en la cama con Marc Anthony...
—José.
—Estarías en la cama con el fotógrafo, gestando un "bebé ancla" para que en 9 meses más el bastardo pudiera postular a una green card.
—No lo creo. Anoche estaba con Kate.
—No, anoche la señorita Kavanagh estaba ocupada flirteando con mi hermano, Elliot.

¿Kate y el hermano de Christian? Ay, Dios. Ya se la debe estar follando.

—Además, ¿olvidas lo que intentaba hacerte el fotógrafo?
—José sólo se pasó de la raya.
—Bueno, estoy seguro de que no lo volverá a hacer. A esta hora ya debe estar por Tijuana.
—Eres muy duro. Disciplinario.
—No tienes ni idea... —dice, mientras intenta sonreír o algo parecido.

¿Por qué es tan jodidamente atractivo?

—Iré a tomar una ducha. El desayuno estará listo en 15 minutos o en lo que tarde en masturbarme.

Me recuesto en las sábanas. El desayuno estará listo en 15 minutos... esas palabras despiertan una reacción extraña dentro de mi cuerpo, una sensación desconocida hasta ahora. Es el único hombre que me ha provocado esto y todavía no sé por qué. No sé si es su inestabilidad emocional, o que me regale libros de 20 mil dólares sin apenas conocerme, o que me rastree como un acosador y no me permita divertirme con mis amigos. Me muerdo el labio intentando reprimir una sonrisa pícara. Deseo. Esto es deseo. Ahh, así que así es como se siente...

¿Dónde está mi ropa?
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

Mensaje por gocuzero el Mar Jul 28, 2015 8:45 pm

Capítulo 14

Con mucho esfuerzo logro levantarme de la cama. Siento en la cabeza una especie de bolita que me sube y me baja ¡ay! que me sube y me baja. Empiezo a buscar frenéticamente mis pantalones. Podrían estar en cualquier parte, en una habitación tan amplia. Empiezo a hurgar en los cajones. Siento un calor en la parte baja del vientre cuando decido revisar en su cajón de la ropa interior. Lo abro...
28837528_avance-2-trailer-50-sombras-2.png

Corbatas. Docenas de corbatas. Abro otro cajón. Más corbatas. Abro el armario. Muchas más corbatas. Abro una maleta a medio hacer. Muchísimas más corbatas, todas grises, todas del mismo diseño y del mismo material sedoso. Escucho que se cierra la llave de la ducha y antes de poder volver a saltar a la cama para esconder mi semidesnudez, aparece Christian Grey, tan sólo envuelto en una toalla. Oh, mierda. El David que esculpió una de las Tortugas Ninja (¿Miguel Ángel, creo?) no tiene comparación con él.

—Si estás buscando tus pantalones, se los doné a los niños de Darfur. Estaban manchados con vómito. Taylor te traerá otro par y también unos zapatos.
—Umm... Tómame en la ducha... digo.. t-tomaré una ducha.

Estoy en la mesa, desayunando con Christian Grey. Estoy vestida solamente con una toalla. De mi cabello, también envuelto en una toalla, gotea agua que moja mis waffles porque fui incapaz de encontrar el secador en ese inmenso baño que, por sí sólo, podría considerarse una suite.

—Come. Anoche vomitaste la mitad de tu peso corporal.
—No, gracias. Estoy bien.

¿Por qué no me besó? ¿No le gusta el sabor a vómito? ¿Por qué no intentó aprovecharse de mí anoche, como lo han hecho absolutamente todos los hombres que he conocido? (Paul, José... esos son todos, creo). ¿Será virgen como yo? ¿O es que soy muy repelente? ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Debe ser la galina porque pensé en algo parecido cuando le calentaba la sopa de pollo a Kate... Maldición, Kate.

—Debo llamar a Kate.
—Ella ya sabe que pasaste la noche aquí. Le envié un mensaje de texto a Elliot.

O sea que sí se lo tiró. Kate, esa perra.

—¿Por qué estoy aquí, Christian?
—Porque yo te traje anoche. Porque tus padres tuvieron sexo 9 meses antes de que nacieras. Pero si te refieres a lo que pienso que te refieres, pues... estás aquí porque soy incapaz de alejarme de ti.
—Entonces no lo hagas —susurro, mordiendo mi labio.
—¿Hacer qué, acosarte o alejarme de ti?

No sé qué diría una persona normal, así que respondo con otra pregunta:

—¿Por qué me enviaste los libros, Christian?
—Sentí que te debía una disculpa, por salvarte la vida y eso. Anastasia, escucha... no me interesa el romance. No soy un tipo de flores y corazones.

Claro, nada de flores y corazones. Pero sí me regalaste unos libros rarísimos que valen más que un corazón humano en el mercado negro...

—Deberías alejarte de mí.

¿Alejarme? ¡Si tú eres el que me regala libros y rastrea mi celular!

—Mis gustos son muy... singulares. No lo entienderías.
—Ilústrame entonces.
—No, aún debemos aplazar esto por un par de capítulos más.
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Re: 50 sombras de Grey E. L. James

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