LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

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LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

Mensaje por Nosferatu el Vie Sep 05, 2014 11:16 pm





TEOBALDO Y JOSÉ BURNER

En el Sur de Alsacia, a dos horas de la Ciudad de Mulhouse, se encuentra el lugar de Illfurt, que antes de 1870 contaba unos 1.200 habitantes. Allí vivía la humilde y honrada familia Burner. El Padre, José Burner, era mercader ambulante y recorría la comarca vendiendo cerillas y yesca. La madre, María Ana Foltzer, cuidaba de sus cinco hijos, todos aún de corta edad.
El hijo mayor, Teobaldo, había nacido el 21 de Agosto de 1.857. A la edad de ocho años iban a la escuela de la localidad. Eran muchachos quietos, de mediano talento, algo enfermizos.
Durante el otoño de 1.864, Teobaldo y su hermano José cayeron enfermos de dolencia misteriosa. Tanto el primer médico llamado, Doctor Levy, de Altkirch, como los demás facultativos sucesivamente consultados, no pudieron diagnosticar. Los medicamentos empleados no daban resultado. Teobaldo enflaqueció de tal modo que parecía un espectro ambulante.
A partir del 25 de Septiembre de 1.865 se pudieron observar en los enfermos fenómenos en absoluto anormales. Echados de espaldas se volvían y se revolvían como una peonza, con rapidez vertiginosa. Después se ponían a golpear sin cansarse el armazón de la cama y los demás muebles con fuerza sorprendente -a esto llamaban dreschen, trillar.- Nunca mostraron la menor fatiga, por mucho que la trilladura se prolongase. Si se les preguntaba respondían entre convulsiones y espasmos seguidos de tal postración que permanecían durante horas enteras como muertos, sin hacer el menor movimiento, rígidos como cadáveres.
Muy a menudo fueron presa de gazuza imposible de calmar. El bajo vientre se les inchaba de modo desmesurado y a los pobres niños les parecía que en sus estómagos les rodeaba una bola o que un animal vivo se movía en ellos de arriba a abajo. Juntándose las piernas como varillas entrelazadas; nadie podía separarse.
Durante este tiempo se le apareció a Teobaldo unas treinta veces un fantasma extraordinario, al que llamaba su amo. Tenía cabeza de ánade, uñas de gato, pies de caballo y el cuerpo de plumaje sucio. En cada aparición el fantasma volaba por encima de la cama y amenazaba ahogarlo. Teobaldo, aterrorizado, se arrojaba hacía el y le arrancaba puñados de plumas, que entregaba a los muchos circunstantes estupefactos.
Ocurría esto en pleno día, en presencia de un centenar de testigos, entre los cuales había personas respetables, nada crédulas, dotadas de gran perspicacia y pertenecientes a todas las clases sociales. Todos pudieron convencerse de la imposibilidad de superchería alguna.
Las plumas despedían olor fétido y, cosa singular, quemadas no dejaban cenizas.
A veces una mano invisible levantaba a los niños junto con las sillas de madera en las que estaban sentados; ya en el aíre, los niños eran lanzados a un lado, mientras las sillas volaban hacia el lado opuesto.
En otra ocasión sintieron por todo el cuerpo gran comienzo y dolorosas picaduras, y de debajo de sus vestidos sacaron tal cantidad de plumas y de algas que el suelo quedó cubierto enteramente. Aunque se les mudase camisas y vestidos, era inútil: plumas y algas reaparecían siempre.
Esas terribles convulsiones y toda suerte de malos tratos redujeron a los niños a tal estado que fue preciso hacerles guardar cama. Sus cuerpos se hinchaban de mala manera. Se encolerizaban violentamente, eran presa de verdadero furor cuando se les acercaba alguien con un objeto bendito, un crucifijo, una medalla, un rosario. Ya no rezaban; los nombres de Jesús, María, Espíritu Santo, etc, pronunciados por los presentes les hacían estremecer y temblar. Fantasmas, sólo de ellos visibles, llenándose de miedo y espanto.
Miedo y espanto se habían apoderado también de los padres, testigos contristados de esas terribles escenas, impotentes para remediarlas.
Diariamente crecía el número de vecinos y visitantes que llegaban de todas partes, de cerca y de lejos, porque la noticia se divulgó muy pronto y todo el mundo quería ver a los infelices niños. Todos quedaban estupefactos. ¿Qué es lo que había ocurrido?
Vivía entonces en Illfurt una vieja, pobre, mal conceptuada, a la cual por su mala vida habían expulsado de su aldea natal. Diciéndose que los dos niños comieron una manzana que la vieja les había dado. He aquí el comienzo de la enfermedad misteriosa. Tal era, a lo menos, la explicación dada por los espíritus que se decía residían en los pequeños. Sea de ello lo que fuese, si realmente se trataba de espíritus no se tardaría en conocer la naturaleza de estos, porque el árbol por sus frutos se conoce.
Durante horas enteras los dos niños permanecían tranquilos, en estado de gran apatía. Súbitamente cambiaban de actitud, poniéndose nerviosos, excitados, gesticulaban y gritaban sin parar. Su voz no era entonces voz infantil, sino de hombre, fuerte, áspera, ronca. Tenían la boca habitualmente cerrada; era, pues, evidente que otros, seres invisibles, y no ellos proferían aquellas palabras y lanzaban aquellos gritos. Durante largas horas gritaban sin descanso: Nudeln (especie de pasta alemana parecida a los fideos, pero de gusto y aderezo muy diferente), Knoepfeln (ravioli) y otra jerga de cocina. Era para volverse loco y los pobres padres no sabían que hacer.
Un día se le ocurrió a Burner, padre, decirles: “Gritad, hijos míos, gritad aún más fuerte, en nombre de la Santísima Trinidad”. Esto bastó para obtener silencio.




"Esta conspiración satánica" sólo tiene éxito porque la gente no puede creer que  algo tan colosal y de monstruosa realidad exista.“
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Re: LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

Mensaje por Nosferatu el Vie Sep 05, 2014 11:17 pm



Lo que principalmente sorprendía a los testigos de esas escenas, era el miedo que los niños sentían en presencia de objetos benditos, su violenta oposición a la Iglesia, a la oración, a los oficios divinos; las blasfemias abominables que proferían, las expresiones groseras que dejaban salir con frecuencia de sus labios sin haberlas oído jamás.
Hablaban las más diversas lenguas; respondían con facilidad en francés, en latín, en inglés y hasta comprendían los dialectos franceses y españoles.
No es de maravillar, pues, que todo el mundo desease ver a las pobres víctimas y que las autoridades civiles y eclesiásticas se interesasen por ellas e hiciesen examinar minuciosamente sus casos.
El Venerable Párroco del lugar, Reverendo Carlos Brey, Santo Varón y Pastor celoso, fue quien primero se compadeció de la desdichada familia Burner y sobre todo de los pobres niños. No le fué difícil descubrir el origen puramente diabólico de tales escenas. Comprendió que se hallaba en presencia del caso, raro ciertamente, de real posesión.
Aquellos hechos dio conocimiento a la Autoridad Episcopal, que designó a una comisión de tres eclesiásticos para que practicasen en Illfurt una información oficial.
El Párroco pudo contar desde el primer momento con el valioso apoyo del Alcalde, Señor Tresch, hombre de bien y abnegado, y el de las mejores familias de la localidad. No faltaban, sin embargo, quienes ponían en duda la posesión, pero eran muy pocos y los malos espíritus se mostraban muy satisfechos de ellos, al paso que sentían mucha animosidad contra aquellos que les adivinaban su naturaleza.
En especial odiaban al Párroco y al Alcalde, a Don Ignacio Spies, Alcalde de Selestado, al amigo de este, Señor Martinot, Director de la Administración Pública, también de Selestado, al Profesor Lacheman de San Hipólito, Religioso de la Congregación de los Hermanos de María. Los tres últimos habían venido de lejos únicamente para observar el caso y estudiarlo minuciosamente.

EL DIABLO

En cada uno de los niños había a lo menos dos espíritus infernales. Durante mucho tiempo tuvieron especial cuidado en ocultar su nombre. Por fin, conjurados en el nombre de Jesús por el P. Souquat, lo declararon. Poseían a Teobaldo, el hermano mayor, Orobass e Y pés. Este se titulaba conde del infierno, con 71 legiones a su mando. Uno de los demonios residentes en José, el otro hermano, llamándose Solalethiel; fué imposible averiguar el nombre del segundo.
Y pés era sordo, porque durante todo el tiempo que fue dueño del niño éste estuvo completamente privado de oído, hasta el punto de no alterarle un pistoletazo disparado junto a su oreja. Al quedar libre de la posesión recobró Teobaldo aquel sentido.





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Re: LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

Mensaje por Nosferatu el Vie Sep 05, 2014 11:18 pm



Un día el Señor Martinot preguntó en latín a uno de los endemoniados:

¿De dónde vienes?
El interpelado hizo un gesto de desprecio y dijo:
Eres un Demonio
Tú también le replico el Señor Martinot.
Dos veces más le repitió el niño:
Tú eres un Satanás
No soy ningún Satanás- protestó el ofendido.
Tu si que lo eres, y eres Jefe de los Demonios
Esto, al parecer, agradó al espíritu de las tinieblas, porque respondió:
Si, Señor; soy Jefe de 71 legiones
Que no- replicó el Señor Martinot,- de 70 legiones y...
Interrumpiéndole el Diablo gritando:
¡De 71 legiones!
Bueno, dejémoslo en 71 legiones- fue la respuesta. -¡Miserable Jefe! ¿no te avergüenzas de tu ignorancia? ¡No conoces ni tu nombre ni el mío!
¡Si, si que los conozco -gritó Satanás,- tu nombre y el mío tan bien como tú. Pero no te los digo. Tengo para ello mis motivos. Si fueses un judío -añadió- te respondería en todas las lenguas.
Así era, en efecto; porque cuando quería respondía en francés e inglés perfectamente, sin la menor falta, a cuantas preguntas se le hacían. A menudo conversaba horas y días enteros en francés correctísimo, a pesar de no haberlo nunca estudiado.
Gracias a la intervención del Señor Cura de Brey llegaron a Illfurt dos monjas de Niederbronn, las Hermanas Métula y Severa, designadas por la Autoridad Episcopal para cuidar a los dos enfermos.
Los endemoniados jamás las habían visto; sin embargo, las llamaron enseguida por sus nombres, tuteándolas. A la Hermana Severa, bávera, le dijeron los nombres de sus hermanos y hermanas, sus ocupaciones, y le comunicaron secretos de familia. Luego Pepito le pidió:
Oye, no sabes cuanto me gustaría que me dieses aquella botellita azul que tienes en el baúl.
Adviértase que tal baúl aún estaba en la estación. El Alcalde hizo que fueran a buscarlo y entre tanto pregunto a la Monja si el niño decía la verdad.
Si, Señor -respondío ella;- tengo en el baúl una botellita azul con éter, para mi uso.
Todos los presentes quedaron asombrados, a excepción del Señor Nicles, el Maestro, porque éste no creía que existiesen demonios.
Los Espíritus Infernales tenían a su vez superiores, amos que les hacían temblar. De tiempo en tiempo recibían su visita, que no les era nada agradable.
¡Ah! ¡Ahora llega el amo!
¿Qué amo?
¡Toma! ¡Nuestro amo!
¿Es más poderoso que tú?
¡Oh! ¡Ya lo creo!
¿Cuál es su aspecto?
Tiene dos patas, el cuerpo cubierto de plumas, cuello largo, pico de ánade; sus manos son como garras de gato. Ya se acerca... Ya está aquí, ya está aquí...
Con el amo llegaron también otros demonios, satélites.
¡Somos muchísimos! -manifestó entonces el endemoniado.
No siempre aparecía el Demonio en la misma forma. Unas veces tomaba la de salvaje, la de perro otras o la de serpiente.

SATANÁS Y LOS OBJETOS BENDITOS

Cuantos presenciaban tales fenómenos convencidos más y más del carácter demoníaco de la enfermedad. La verdadera posesión diabólica afirmándose sobre todo cuando alguno se acercaba a los niños con objetos benditos, medallas, rosarios y en especial agua bendita. Comenzaban entonces a echar pestes, echaban espumarajos por la boca y se resistían con violencia a que les tocasen.
Si les mezclaban algunas gotas de agua bendita con sus alimentos, los rechazaban:
¡Llevaos está porquería -gritaban,- está envenenada!
Intentaban entonces hacerles comer a la fuerza, pero ellos lo rechazaban con extrema violencia, resistiéndose rechinando rabiosamente los dientes.





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Re: LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

Mensaje por Nosferatu el Vie Sep 05, 2014 11:19 pm



En cambio, cuando los manjares no había agua bendita los tomaban y comían con gana.
Fue preciso aconsejar a los niños que se llevasen los alimentos a la boca con tres dedos de la mano derecha, porque el Diablo había declarado: “Todo lo que el perrito de aguas (así llamaba al niño), come con la mano izquierda o con dos dedos solamente de la mano derecha, es para mi y no para el”.
Una vecina, la Señora Brobek, echó un poco de agua bendita en una medicina que los niños debían tomar; éstos declararon:
Tomaremos todas las pociones de la farmacia antes que aceptar cosa alguna de la familia Brobek.
En otra ocasión ofreciéndoles higos bendecidos por un Sacerdote.
¡Quitad estás cabezas de ratón! -grito el niño, el ensotanado ha hecho muecas encima.
El Señor Spies puso un día ante los ojos de Teobaldo una pequeña reliquia del Beato Gerardo Majella, diciéndole:
¡Mira! Aquí tienes a quien ha hecho huir a más de uno de tu parentela.
En el acto el niño hizo una mueca, hinchó los carrillos, rechinó violentamente los dientes y apretó con fuerza los labios.
El Señor Spies acercándole la reliquia; el pequeño resistiéndose con fuerza, se volvió de espaldas y se mostró verdaderamente desesperado. Por fin grito:
¡Vete de aquí, Italiano!
Gerardo Majella era un joven Hermano Ligoriano de Italia, muerto en olor de Santidad. El endemoniado no podía saberlo de modo natural.
Satanás temía sobremanera las medallas de San Benito, así que casi todos los parroquianos de Illfurt pedían medallas del Santo y las llevaban constantemente.
Cierto día, el Señor Tresch leyó a los niños oraciones de un devocionario. Los niños le dijeron:
No merece la pena que te molestes viniendo aquí para hablarnos del Polichinela en el madero y de la Gran Señora.




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Re: LOS POSEÍDOS DE ILLFURT

Mensaje por Nosferatu el Vie Sep 05, 2014 11:20 pm


Estos nombres daban constantemente a Nuestro Señor y a su Madre Santísima.

Tenían gran respeto a la Virgen María. El Señor Tresch puso en la oreja del endemoniado sordo una medalla de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y ordenó al Diablo que saliese de la oreja. El Demonio exclamó:
No puedo, porque allí hay azufre, resina y pez.
Cuando la Hermana le traía comida o bebida después de haber echado en ellas secretamente algunas gotas de agua bendita, nunca tocaba los alimentos ni la bebida; de ordinario, arrojaba contra la pared el plato o el vaso, que nunca se rompían.
Un joven de Illfurt entró un día en la habitación en el momento que se desarrollaba una de esas escenas y acercándose a la cama de Teobaldo; éste, al verle, echándose a reír y le dijo:
¡Ajajá! ¡Tu si que has encontrado el momio! Tanto en la habitación, tanto en la cama, tanto en el desván, e indicaba las cantidades.
El Alcalde, Señor Tresch, preguntó entonces al joven que significaba aquello, contestándole el aludido que el Párroco le había encargado le trajese una pequeña manda que para la Iglesia legó una parienta del visitante fallecida días antes. Esta mujer, para que no pudiesen disfrutar de su dinero unos allegados muy avaros que tenía, lo había escondido en diferentes sitios sólo del joven repetido conocidos.
Cuando el visitante se disponía a marcharse los endemoniados le gritaron:
¡Si, si; comer bien, beber bien, llevar mala vida, he aquí lo que conduce al cielo!
El joven se alejó completamente turbado.
El Señor Tresch, antes de irse de la casa roció con agua bendita la cama del niño, mientras decía:
Sit Nomen Domini benedictum. (Bendito sea el Nombre del Señor).
Non sit, non sit! (¡Que no lo sea, que no lo sea!) -gruñó el Demonio.
Un Sacerdote paso un día una medalla sobre la oreja de uno de los endemoniados mientras dormía.
La oreja comenzó inmediatamente a agitarse, hasta que la medalla hubo caído.
El mismo fenómeno se repitió al dejar colocada la medalla sobre la cabeza del pequeño.
Cuando conseguía esconder algún objeto bendito, se reía en son de burla y decía a los circunstantes:
¡Busca la porquería; hiede!
El Demonio no ocultaba el odio inmenso que le inspiraban los Sacerdotes. Para éstos tenía sólo palabras de burla y de insulto, y usaba a menudo las del repertorio de los anticlericales modernos, tales como: saco de carbón, cuervo, gorrino, etc. Y aún éstos eran los hombres más inocentes.
El Superior del Seminario Mayor, Monseñor Stumpf se veía honrado con un odio especial.
Voy -decía el Diablo- a casa del Stumpfito, el cochino, para hacerle rabiar.
Al poco rato decía con aíre triunfante:
¡Vaya una mala pasada le he hecho; a lo menos hubiese conseguido que reventara!
Averiguándose lo ocurrido y Monseñor Stumpf confesó que en aquel momento un poder invisible le había levantado del suelo al tiempo que se desprendían los cuadros colgados en las paredes y los muebles cambiaban de sitio y quedaban revueltos, y se producía en la habitación un ruido infernal hasta que hizo aspersiones con agua bendita y en el nombre de Dios conjuró a los espíritus del Averno que le dejaran en paz. Satanás entonces manifestó:
- ¡Stumpfito, el miserable, me ha cerrado la puerta ensuciando su cuarto con porquería!
Mostraba, por lo contrario, mucha simpatía a los judíos y protestantes y, sobre todo, a los masones.

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